Nos estábamos engañando mutuamente, pero en ese engaño compartido y sabido, aunque nunca pronunciado en voz alta, radicaban nuestras esperanzas de romper ese hechizo que nos devoraba.
Era como una carrera contra reloj, en donde quien tenía el reloj podía, con libertad, adelantar la hora hasta el límite. Pero esos tres días nos mostraron que al menos algo había sido posible, que
pudimos detener el tiempo unas horas, que
la felicidad anida en los gestos más nimios y en los lugares más habituales.
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Hoy asume lo que venga